Los jóvenes en Japón parecen cargar con todas las sobreexigencias posibles: se espera que sean obedientes en casa, brillantes en el colegio y exitosos en las megacorporaciones. Pero, en la Argentina, el desafío para los chicos nikkei–descendientes de japoneses– es doble: deben poner en práctica esa herencia de disciplina y eficiencia en un contexto tercermundista y repleto de obstáculos. Tres miembros de esa comunidad entrevistados por Crítica de la Argentina reflexionaron sobre la vida en ambas sociedades, sus antípodas reales y metafóricas.
“La Argentina ve a los japoneses como trabajadores, fieles y correctos, un paradigma con el que las familias nikkei siguen insistiendo”, dice Mariela Tsutsumi (21 años, estudiante de diseño gráfico). Sebastián Kakazu (28, sigue ingeniería) aclara que “los nikkei estamos acostumbrados a ser argentinos, aunque se nos sigue identificando por valores estandarizados, como el respeto y la responsabilidad. Nos ganamos esa fama gracias al trabajo de nuestros abuelos”. Una tradición que busca honrar desde la fabricación de locomotoras, especialidad de la empresa donde trabaja.
En ese aspecto, sus congéneres nipones la tienen todavía más difícil: lo laboral se extiende por todas las áreas de la vida personal. “Sin un trabajo decente no me puedo presentar ante los padres de mi novia”, contó hace poco el joven Daisuke Inada a la agencia EFE. “Allá, el promedio que lográs en la secundaria marca cómo será el resto de tu vida: si es alto, vas a entrar a las mejores universidades y acceder a puestos gerenciales. Si es malo, trabajarás de operario toda tu vida”, dice sin vueltas Sebastián, estudiante de ingeniería y fanático de River.
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